lunes, 23 de julio de 2012

El beato Don Álvaro del Portillo

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El Santo Padre Benedicto XVI ha autorizado el pasado 27 de junio a la Congregación de las Causas de los Santos a promulgar el Decreto por medio del cual declara las virtudes heroicas de Monseñor Álvaro del Portillo, Obispo y Prelado del Opus Dei; “un sacerdote de paz, leal a su compromiso de amor a Dios; muy unido a la Iglesia y al Romano Pontífice; que supo servir con alegría y total generosidad a san Josemaría Escrivá de Balaguer; a sus hermanos —luego hijos— en el Opus Dei; a sus parientes; a sus amigos y a sus colegas”, como lo expresara el actual Prelado, Monseñor Javier Echavarría Rodríguez.

Monseñor del Portillo participó activamente en el Concilio Vaticano II y fue durante muchos años consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Fue el tercero de ocho hermanos.  Era Ingeniero de Caminos, ciencia en la cual se Doctoró, también fue doctor en Filosofía y Letras y en Derecho Canónico. En 1935 se incorporó al Opus Dei, convirtiéndose en el más sólido apoyo del fundador, san Josemaría Escrivá de Balaguer. Fue ordenado sacerdote en 1944. El 28 de noviembre de 1982, cuando Juan Pablo II erigió el Opus Dei en prelatura personal, le designó prelado y el 7 de diciembre de 1990 le nombró obispo. Falleció en Roma en la madrugada del 23 de marzo de 1994, pocas horas después de regresar de una peregrinación a Tierra Santa. El mismo día de su fallecimiento, el Santo Padre, beato Juan Pablo II, acudió a rezar ante sus restos mortales.

Don Álvaro, con su predicación ayudó a encontrar la felicidad en la fidelidad a Jesucristo a centenares de miles de personas en los diferentes países a los que realizó viajes pastorales, como ocurrió en Colombia hace veinte años. En este sentido, promovió e impulso personalmente y de manera decidida numerosas iniciativas apostólicas entre personas de todos los ambientes, especialmente en favor de los más necesitados, al servicio de la sociedad, tanto en el terreno educativo y asistencial, como en el familiar.

Cultivó intensamente el amor por la Eucaristía y estaba persuadido de que ante nuestras súplicas, la gracia de Dios es siempre fecunda, y encarecía a los fieles cristianos a que intensificasen la oración por las vocaciones sacerdotales.

Su fidelidad a Dios y a la Iglesia se manifestaba en una profunda comunión con el Papa y los obispos, pero lo más importante que podemos apreciar en las múltiples filmaciones de sus tertulias, es la paternidad que irradiaba y el cariño que prodigaba a quienes se acercaban a él.

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