miércoles, 3 de febrero de 2016

Historia de la Cuaresma

Publicado en: Revista Cristovisión, # 15, Vol. 2, febrero de 2016.


La celebración de la primera Cuaresma, tuvo lugar en el siglo IV, según el testimonio de Eusebio, consolidándose en Oriente como en Occidente como una conmemoración importante más o menos en el año 385, cuando la preparación pascual, por entonces de seis semanas con ayuno diario, fue extendiéndose entre los creyentes, aunque ya en la Didascalia, se señalaba que su duración era de una semana, con un ayuno de sentido ascético.

Según diversos teólogos, "Durante los siglos VI-VII, varió el cómputo del ayuno, pasando del primer domingo de cuaresma, al Jueves Santo incluido, es decir una Quadragesima, es decir, —cuarenta días—, a una Quinquagésima, o sean cincuenta días, contados desde el domingo anterior al primero de Cuaresma, hasta el de Pascua; a una Sexagésima, que retroceden un domingo más y terminan el miércoles de la octava de pascua, y finalmente a una Septuagésima, que serían sesenta días, ganando un domingo más y concluyendo el segundo domingo de pascua. Este nuevo período tenía carácter ascético y debió introducirse por influencias del Oriente."

Curiosamente, en el Libro de Buen Amor, texto medieval español redactado alrededor de 1330, Juan Ruiz Arcipreste de Hita nos habla del significado simbólico de la Pascua y la Cuaresma a partir de una simpática alegoría: don Carnal, hombre mundano y amante de los placeres, es retado por doña Cuaresma a sostener una batalla que tendrá lugar al cabo de una semana; el reto ha sido lanzado el jueves anterior al día que hoy conocemos como Miércoles de ceniza.

Tradicionalmente, la Cuaresma se caracterizaba por la Preparación de la comunidad cristiana a la Pascua; el Catecumenado y, la penitencia canónica. Sin embargo, hoy en día, comienza desde el Miércoles de ceniza y concluye antes de celebrarse la misa vespertina in Coena Domini; período que siendo una unidad, se desarrolla a lo largo del tiempo asignado por la Iglesia, el cual incluye el Miércoles de ceniza, los domingos, agrupados en el binomio, I-II; III, IV y V; y el domingo de Ramos de la Pasión del Señor, la Misa Crismal y las ferias de Cuaresma, época en que la catequesis consiste en la conversión del corazón y el culto que desde el interior, es debido a Dios; el perdón fraterno, como requisito indispensable para obtener el perdón de Dios, y la renovación personal de la vida y la entrega amorosa a los demás, como frutos del Misterio Pascual.

En la Cuaresma, sólo se celebran un máximo de cuatro festividades como San Cirilo y San Metodio, el 14 de febrero; el 22 de febrero la Cátedra de San Pedro; el 19 de marzo, San José, casto esposo de la Virgen María; y, la Anunciación del Señor el 25 de marzo. 

La Cuaresma se resume en el tiempo que nos permite intensificar el camino de la propia conversión en la vía hacia la Pascua.

Desde 1963, la Constitución Sacrosantum Concilium sobre la Sagrada Liturgia, considera a la Cuaresma como el tiempo litúrgico en el que los cristianos nos preparamos a celebrar el misterio pascual, mediante la conversión interior, el recuerdo o la celebración del Bautismo y, la participación en el sacramento de la Reconciliación, participando en las acciones “penitenciales, individuales y colectivas”.

Durante la cuaresma se omite siempre el "Aleluya" en toda celebración. Se suprimen los adornos y flores de la iglesia, así como la música, excepto el IV Domingo. Excepto en los domingos y en las solemnidades y fiestas que tienen prefacio propio, cada día se dice cualquiera de los cinco prefacios de Cuaresma.

Los domingos se omite el himno del "Gloria", reservado para las solemnidades y fiestas. Igualmente, antes de la proclamación del evangelio, el canto del "Aleluya" se cambia por alguna otra aclamación a Cristo y, ese día no se puede celebrar ninguna otra misa que no sea la del día.

Pero sin duda alguna, la Cuaresma es un tiempo para considerar a Cristo crucificado, para realizar la Lectura de la Pasión del Señor, para rezar el Vía Crucis y para acompañar con el ayuno a la virgen dolorosa, pues abandonamos así al hombre viejo y al pecado, por un hombre nuevo y nuestra propia redención.

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