jueves, 29 de septiembre de 2011

El Padre de la Logística

En mi condición de recipiendario de la Medalla al Mérito Logístico y Administrativo Francisco de Paula Santander, categoría extraordinaria, quiero narrar que en la antigua Cartago, hoy Túnez, nació en el 247 a.C., Aníbal, el hijo de Amílcar Barca, quien, según la leyenda, le hizo jurar a su hijo odio eterno a los romanos ante los dioses y así, puso en jaque la existencia de la mayor potencia de la época: Roma.

Hasta el siglo III a.C., las relaciones entre Roma y Cartago habían sido buenas, respetando ambas ciudades sus zonas de influencia. La expansión de Roma llegó hasta las puertas de Sicilia, que indefensa, pidió ayuda a Cartago. Éste hecho dio lugar a la Primera Guerra Púnica que, como era previsible, culminó con el éxito de Roma. La derrota de su padre y de su nación no pasó desapercibidas para Aníbal, y marcaron profundamente al pequeño, quien desde este momento comenzó a alimentar en su espíritu un odio trascendental hacia los romanos, que le llevarían a encabezar una de las más impresionantes campañas militares contra Roma.

Tras la muerte de su padre (229 a.C.) y el asesinato de su familiar Asdrúbal (221 a.C.), Aníbal asumió la jefatura del ejército cartaginés, que ya entonces controlaba el sur de Hispania. Desde su base de Cartago Nova (la actual Cartagena de Murcia en España), realizó varias expediciones hacia el altiplano central y sometió a diversas tribus iberas.

En el 219 a.C. destruyó Sagunto, ciudad aliada de Roma, tras una resistencia suicida de los ciudadanos y traspuso el Ebro, río en que, siete años antes, cartagineses y romanos habían fijado el límite de sus respectivos territorios; esta acción significó el inicio de la Segunda Guerra Púnica (219-202 a.C.), inaugurando lo que será una larga carrera de triunfos para Aníbal.

Sus soldados lo admiran: «Tenía una enorme osadía para arrostrar los peligros y una enorme sangre fría dentro de ellos. Ninguna acción podía cansar su cuerpo o doblegar su espíritu. Soportaba igualmente el calor y el frío; comía y bebía por necesidad física, no por placer; no distinguía las horas de sueño y de vigilia, y para descansar no tenía necesidad de una buena cama ni del silencio. Era el primero de los jinetes y de los infantes; iba en cabeza del combate y era el último en retirarse. Se ganó desde el momento mismo de su llegada las simpatías de todo el ejército».

Tras Sagunto, en la primavera del 218 a.C., Aníbal concedió a su hermano Asdrúbal el mando de las tropas en Hispania y partió hacia Italia haciendo gala de una importante GESTIÓN LOGÍSTICA con un ejército de 60000 hombres y 38 elefantes,  emprende el largo camino hacia Roma: atraviesa Hispania, levanta a los galos, acomete en invierno el paso de los Pirineos y de los Alpes, donde pierde un ojo por el frío. Llegó a la llanura del Po, donde derrotó a los romanos sucesivamente en Tesino y en Trebia, a pesar de las numerosas bajas que había sufrido en el curso de la marcha. Al año siguiente, una nueva victoria, esta vez junto al lago Trasimeno, le dio el control sobre la Italia central. Aplastado el ejército romano de Flaminio, Roma quedó a merced del cartaginés, pero éste no se atrevió a asaltar las sólidas murallas de la ciudad y prefirió dominar la Italia meridional. La travesía alpina es alucinante: los elefantes resbalan en el hielo, las mulas quedan presas en la nieve, los caminos impracticables han de ser abiertos cortando rocas, talando árboles, construyendo rampas que abren la puerta a las ricas llanuras de Italia. El sueño de Aníbal en Italia durará dieciséis años de victorias, de hazañas fabulosas y estrategias admirables. Se suceden batallas legendarias como Trasimeno, narrada por Livio con prodigiosa maestría, en donde los ejércitos combaten entre una densa niebla con tal furor que no perciben siquiera un terremoto que destruyó grandes zonas de muchas ciudades. Roma tiembla ante el avance del enemigo, pero nunca está dispuesta a ceder. En agosto del 216 a.C., venció en Cannas a las tropas de Lucio Emilio Paulo y Marco Terencio Varrón, cuyos efectivos duplicaban a los suyos. Lejos de sus bases de avituallamiento, sin posibilidad de recibir refuerzos, ya que su hermano Asdrúbal había sido derrotado y muerto por Claudio Nerón en la batalla de Metauro cuando se dirigía a socorrerle (207 a.C.), y habiendo fracasado en el intento de atraer a su causa a los pueblos itálicos sometidos por Roma, el ejército de Aníbal quedó aislado e inmovilizado en la Italia meridional durante varios años, situación que aprovecharon los romanos para contraatacar. La batalla de Cannas es el fondo del abismo, la humillación más grande del poder romano. Con los ejércitos consulares destrozados y en fuga, Aníbal tiene expedito el camino hacia el mismo corazón de su rival, pero extrañamente se detiene «ad portas», a las puertas de la Urbe. Maharbal, uno de sus generales, comenta: «Sabes vencer, Aníbal, pero no sabes explotar la victoria». Mientras, los romanos se fortalecen en la derrota.

Tras expulsar a los cartagineses de la península Ibérica, el general romano Publio Cornelio Escipión, llamado el Africano, desembarcó cerca de Cartago (203 a.C.), hecho que obligó a Aníbal a regresar a África, donde fue vencido en la batalla de Zama, en el 202 a.C. es el fin. Acorralado después de años de victorias y temerarias soberbias, pide la paz, pero Escipión se la niega: los cartagineses ya tuvieron la paz y la rompieron: «preparad la guerra ya que no pudisteis soportar la paz». Aníbal confiesa haber perdido no solo la batalla sino la guerra, y que ya no queda ninguna salida. A consecuencia de esta derrota, Cartago se vio obligada a firmar una paz humillante, que puso fin al sueño cartaginés de crear un gran imperio en el Mediterráneo occidental. Con todo, Aníbal, para los años 197 y 196 a.C., intentó reconstruir el poderío militar cartaginés, pero, perseguido por los romanos, hubo de huir y refugiarse en la corte del rey Antíoco III de Siria, a quien indujo a enfrentarse con Roma, mientras él negociaba una alianza con Filipo V de Macedonia. A raíz de las victorias romanas sobre los sirios en las Termopilas (191 a.C.) y en Magnesia (189 a.C.), Aníbal huyó a Bitinia, donde decidió quitarse la vida el año 183 a.C., para evitar que el rey Prusias lo entregase a Roma y ante la imposibilidad de encontrar un refugio en que pudiera sentirse seguro.

En resumen, Aníbal fue un legendario líder militar de Cartago, el cual cobró popularidad por haber enfrentado al Imperio Romano en su propia tierra y por sus incomparables estrategias bélicas. Uno de los pilares de su fama como “PADRE DE LA LOGÍSTICA”, radica en el hecho de haber utilizado elefantes en sus ejércitos y de haber viajado con ellos a través de los Alpes para atacar Roma. Si bien nunca llegó a atacar esta ciudad, innumerables batallas tuvieron lugar en el camino hasta el corazón del imperio y varios enfrentamientos contra este ejército considerado invencible.

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